jueves 2 de julio de 2009

El lamentable estado de la Mantería


Hace algunos días, gracias a una alumna miembro de la congregación de las Escolapias, pude visitar la Iglesia de la Mantería que, ubicada en la plaza de San Roque, suele estar cerrada al público.

La iglesia es el único testimonio que queda del convento de Santo Domingo de Villanueva, perteneciente a los monjes agustinos. Fue mandado construir por el arzobispo de Zaragoza, Francisco Gamboa, y el obispo de Huelva, Bartolomé de Foncalda, entre 1663 y 1683. A finales del siglo XIX pasó a ser propiedad de las Madres Escolapias.

El templo tiene planta de cruz latina, sin capillas, e introduce una peculiaridad. Y es que, salvo la cúpula hemiesférica sobre tambor en el crucero, el resto se cubre con cúpulas elípticas. Para la decoración pictórica de los muros y de las cubiertas se hizo venir al pintor del rey Claudio Coello y a su discípulo Sebastián Muñón, quienes desarrollaron aquí uno de los programas pictóricos más relevantes del barroco español.

Los dos pintores estuvieron en Zaragoza desde 1683 hasta 1685, realizando unas pinturas de extraordinario colorido, con un programa iconográfico complejo en el que se intercalan angelotes, frutas, guirnaldas, cortinas, arquitecturas fingidas y retratos de santos, virtudes, y otros personajes. La cúpula central muestra la glorificación de la Trinidad. Por desgracia, no se ha conservado el ciclo completo, habiéndose perdido la decoración de las paredes. El mal estado de conservación de las mismas hace que a día de hoy sólo podamos intuir su pasado glorioso.

En el año 2001, mientras los alumnos de una escuela-taller restauraban dos de las cúpulas, una se vino abajo, hiriendo a dos personas y dejandonos con un fragmento menos de esta impresionante decoración pictórica.

Estas pinturas, imprescindibles para la comprensión del barroco español, se hallan en un estado de conservación deplorable y, mucho me temo, que si no se abarca su restauración de forma inminente corremos el serio peligro de perderlas. Y lo peor es que con ellas se irá una parte de nuestra historia y de nuestra memoria. Aquí dejo unas fotos, juzguen ustedes mismos.




jueves 18 de junio de 2009

Paisaje nocturno de Meifrèn i Roig


Eliseu Meifrèn i Roig nace en Barcelona en 1858 y muere en la misma ciudad en 1940. Tras terminar el Bachiller en la rama de Artes, se inscribe en 1874 en la Facultad de Medicina de la Universidad de Barcelona con la intención de seguir los pasos de su padre, que era dentista. Sin embargo, tras cursar el primer año abandona y se matricula en la Escuela de Artes y Oficios, conocida popularmente como la Llotja. En esta época viaja por primera vez a París y realiza obras de marcado carácter academicista.

En 1880 se expone una obra suya en la importante Sala Parès de Barcelona, en 1887 obtiene la tercera medalla en la Exposición Nacional de Madrid y al año siguiente la medalla de bronce en la Exposición Universal de París. Durante los años 90 alterna su residencia entre Barcelona y París, ciudad en la que goza de gran éxito. Con la llegada del nuevo siglo se suceden los viajes a Buenos Aires, Montevideo y Nueva York.

Su pintura representa a la perfección el espíritu "Fin de Siecle", ecléctico y receptivo a diferentes estéticas que van desde el impresionismo al simbolismo. Con gran destreza técnica, supo plasmar a través del paisaje el carácter eterno de la naturaleza frente a una época de constantes cambios políticos y sociales.

Este Paisaje nocturno fue pintado en 1890 y deberíamos situarlo dentro del Realismo, un movimiento del que Meifrèn participó en sus incios pero al que nunca llegó a adscribirse. El Realismo trata de plasmar objetivamente la realidad en una pintura sin argumento en la que lo fundamental es la forma en que se representa la imagen y no su desarrollo narrativo. Con todo, como podemos ver en esta obra, Meifrèn pasa sus paisajes por un filtro idealista.

Este cuadro pertenece a la colección de Carmen Thyssen-Bornemisza y está expuesto en el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza dentro de la muestra Entre dos siglos: España 1900.

miércoles 17 de junio de 2009

Entre dos siglos: España 1900


Ayer estuve visitando la exposición que hasta el 28 de julio acoge el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza, Entre dos siglos: España 1900. La muestra me pareció muy interesante, ya que se puede disfrutar en ella de obras de artistas de la talla de Anglada Camarasa, Rusiñol, Casas, Nonell, Urgell, Julio González, Sorolla, Zuloaga o unos jovencísimos Picasso y Dalí.

Gracias a los cuadros expuestos podemos hacernos una idea de las distintas tendencias y posibilidades plásticas que confluyeron en España en el cambio del siglo XIX al XX, y que van del modernismo al simbolismo o al postimpresionismo.

Si bien la exposición me pareció un poco escasa en cuanto a contenido, he de decir que hubo varias obras que me impresionaron especialmente y de las que me gustaría hablar en próximas entradas.

viernes 15 de agosto de 2008

El Peine del Viento


"Mi escultura El Peine del Viento es la solución a una ecuación que, en lugar de números tiene elementos: el mar, el viento, los acantilados, el horizonte y la luz. Las formas de acero se mezclan con las fuerzas y los aspectos de la naturaleza, dialogan con ellos; son preguntas y afirmaciones."
Eduardo Chillida

sábado 24 de mayo de 2008

Los origenes del cine en Zaragoza


Las primeras proyecciones de películas en Zaragoza se dieron en el Teatro Principal a finales de junio de 1896, muy pocos días después de que en Madrid y Barcelona se presentara este espectáculo como gran novedad. Y a partir de ese momento no hubo fiesta o celebración en esta ciudad que no contase con alguna sesión de cine para darle relieve.

Cuando se hace la primera proyección de cinematógrafo en 1896, Zaragoza era una ciudad que no llegaba a los cien mil habitantes, pero que contaba con una situación geográfica privilegiada, pues era nudo de comunicación entre Madrid, Barcelona, País Vasco y Francia. Sin embargo, pese al progresivo crecimiento de la población y al desarrollo experimentado por la industria y el comercio, seguía siendo una ciudad provinciana, con una economía principalmente agrícola y en la que la necesidad de reformas urbanísticas era cada vez más urgente.

Para cuando llega el Cinematógrafo a Zaragoza, en el año 1896, la oferta de ocio en la ciudad era importante. Funcionaban tres grandes teatros: el Principal, el Teatro Circo y el Teatro Pignatelli. A ellos habría que sumar los numerosos cafés que, situados en el Coso, plaza de la Constitución (actual Plaza España) y paseo de la Independencia, ofrecían multitud de actividades y diversos espectáculos; así como las numerosas barracas que, en periodos de fiesta, se establecían en la línea que va del Coso a la Magdalena y en las que los curiosos encontraban todo tipo de entretenimientos y diversiones.

La primera exhibición de imágenes en movimiento para un público colectivo en nuestra ciudad tiene lugar el 28 de junio de 1896 en el Teatro Principal, local que se acondiciona para la instalación de un kinetógrafo. La competencia no se hizo esperar y en el mes de septiembre dos nuevas instalaciones ofrecían proyecciones de imágenes en movimiento, una en el nº 27 del paseo de la Independencia, y otra, justo enfrente, en el 28.

Durante los dos años inmediatamente posteriores irán llegando a Zaragoza numerosos cinematógrafos que se instalarán bien en barracones de ferias, bien en locales habilitados para tal fin, donde, por el económico precio de diez céntimos, los espectadores podían disfrutar de una sesión compuesta por unas diez películas, generalmente francesas y a las que poco a poco se irán añadiendo cintas de carácter documental rodadas en España.

Paralelamente a esta labor de exhibición, en Zaragoza también hubo diversas iniciativas relacionadas con el rodaje y producción de películas. El desfile del regimiento de Castillejos, el título más antiguos documentado hasta la fecha en nuestro país, fue filmado en Zaragoza el 11 de marzo de 1897 y ofrecido al público poco después por Francisco Iranzo. Unos años más tarde, en 1899, Eduardo Jimeno inmortalizó La salida de misa de doce del Pilar.

Sin embargo, en 1898, a causa de la crisis económica y moral producida por la pérdida de las últimas colonias y de la perdida del carácter novedoso del cinematógrafo, así como de la reiteración de sus temas, este espectáculo empezará a decaer y no se volverá a recuperar hasta 1902. Contribuye también a la decadencia de este negocio el desprestigio de las barracas y locales en los que se daban las sesiones.

Normalmente, estos espacios se habilitaban de una manera sencilla, colocando algunas sillas e instalando un proyector y una tela blanca a modo de pantalla. Las barracas solían tener un solo piso, a veces una segunda planta de palcos, con el suelo de tierra y la cubierta de lona embreada o de madera excepcionalmente. Por la noche se iluminaban con luz eléctrica y en la fachada solían tener un órgano como elemento de reclamo. Mientras se proyectaban las películas un explicador comentaba lo que sucedía en la pantalla para un público, en su mayoría analfabeto, y que estaba descubriendo un nuevo lenguaje: el fílmico.

En 1905, el censo de la ciudad de Zaragoza ha superado ya los ciento cincuenta mil habitantes y el Ayuntamiento, tratando de mantener activos a los obreros que se concentran en la ciudad, dicta un bando por el que libera del pago de licencias a aquellas personas que acometan la reforma o construcción de edificios antes del 28 de febrero. La demanda de locales estables para el desarrollo de las sesiones cinematográficas unida a esta medida favorece que en menos de un mes se inauguren en Zaragoza las tres primeras salas estables destinadas al cine: el Palacio de la Ilusión, que abría sus puertas en la calle de los Estébanes, nº 31, el 23 de febrero; el Cinematógrafo Novelty, inaugurado el 4 de marzo dentro de los jardines del Palacio de la Condesa de Fuentes; y el Cinematógrafo Coyne, abierto el 10 de marzo en el número 3 de la calle San Miguel.

Poco a poco los pabellones provisionales fueron menguando hasta finalmente desaparecer, posiblemente rechazados por un público que prefería la comodidad y la seguridad que ofrecían las distintas salas estables.

Durante los primeros años del siglo XX aparecerán nuevas salas, como los cines "Alhambra", "Ena Victoria", "Farrusini", o el "Salón Doré", reinaugurado años más tarde como "Dorado". Salas todas ellas, con mejor o peor fortuna, pero que en conjunto hacen que a finales de los años veinte, el cine sea el primer espectáculo de la ciudad, el que reúna más espectadores y el que más espacio ocupe en la prensa y la publicidad diarias, superando al teatro y dejando prácticamente sin espacio en Zaragoza a otras manifestaciones como la zarzuela o la ópera.