
Las primeras proyecciones de películas en Zaragoza se dieron en el Teatro Principal a finales de junio de 1896, muy pocos días después de que en Madrid y Barcelona se presentara este espectáculo como gran novedad. Y a partir de ese momento no hubo fiesta o celebración en esta ciudad que no contase con alguna sesión de cine para darle relieve.
Cuando se hace la primera proyección de cinematógrafo en 1896, Zaragoza era una ciudad que no llegaba a los cien mil habitantes, pero que contaba con una situación geográfica privilegiada, pues era nudo de comunicación entre Madrid, Barcelona, País Vasco y Francia. Sin embargo, pese al progresivo crecimiento de la población y al desarrollo experimentado por la industria y el comercio, seguía siendo una ciudad provinciana, con una economía principalmente agrícola y en la que la necesidad de reformas urbanísticas era cada vez más urgente.
Para cuando llega el Cinematógrafo a Zaragoza, en el año 1896, la oferta de ocio en la ciudad era importante. Funcionaban tres grandes teatros: el Principal, el Teatro Circo y el Teatro Pignatelli. A ellos habría que sumar los numerosos cafés que, situados en el Coso, plaza de la Constitución (actual Plaza España) y paseo de la Independencia, ofrecían multitud de actividades y diversos espectáculos; así como las numerosas barracas que, en periodos de fiesta, se establecían en la línea que va del Coso a la Magdalena y en las que los curiosos encontraban todo tipo de entretenimientos y diversiones.

La primera exhibición de imágenes en movimiento para un público colectivo en nuestra ciudad tiene lugar el 28 de junio de 1896 en el Teatro Principal, local que se acondiciona para la instalación de un
kinetógrafo. La competencia no se hizo esperar y en el mes de septiembre dos nuevas instalaciones ofrecían proyecciones de imágenes en movimiento, una en el nº 27 del paseo de la Independencia, y otra, justo enfrente, en el 28.
Durante los dos años inmediatamente posteriores irán llegando a Zaragoza numerosos cinematógrafos que se instalarán bien en barracones de ferias, bien en locales habilitados para tal fin, donde, por el económico precio de diez céntimos, los espectadores podían disfrutar de una sesión compuesta por unas diez películas, generalmente francesas y a las que poco a poco se irán añadiendo cintas de carácter documental rodadas en España.
Paralelamente a esta labor de exhibición, en Zaragoza también hubo diversas iniciativas relacionadas con el rodaje y producción de películas.
El desfile del regimiento de Castillejos, el título más antiguos documentado hasta la fecha en nuestro país, fue filmado en Zaragoza el 11 de marzo de 1897 y ofrecido al público poco después por Francisco Iranzo. Unos años más tarde, en 1899, Eduardo Jimeno inmortalizó
La salida de misa de doce del Pilar.
Sin embargo, en 1898, a causa de la crisis económica y moral producida por la pérdida de las últimas colonias y de la perdida del carácter novedoso del cinematógrafo, así como de la reiteración de sus temas, este espectáculo empezará a decaer y no se volverá a recuperar hasta 1902. Contribuye también a la decadencia de este negocio el desprestigio de las barracas y locales en los que se daban las sesiones.

Normalmente, estos espacios se habilitaban de una manera sencilla, colocando algunas sillas e
instalando un proyector y una tela blanca a modo de pantalla. Las barracas solían tener un solo piso, a veces una segunda planta de palcos, con el suelo de tierra y la cubierta de lona embreada o de madera excepcionalmente. Por la noche se iluminaban con luz eléctrica y en la fachada solían tener un órgano como elemento de reclamo. Mientras se proyectaban las películas un explicador comentaba lo que sucedía en la pantalla para un público, en su mayoría analfabeto, y que estaba descubriendo un nuevo lenguaje: el fílmico.
En 1905, el censo de la ciudad de Zaragoza ha superado ya los ciento cincuenta mil habitantes y el Ayuntamiento, tratando de mantener activos a los obreros que se concentran en la ciudad, dicta un bando por el que libera del pago de licencias a aquellas personas que acometan la reforma o construcción de edificios antes del 28 de febrero. La demanda de locales estables para el desarrollo de las sesiones cinematográficas unida a esta medida favorece que en menos de un mes se inauguren en Zaragoza las tres primeras salas estables destinadas al cine: el Palacio de la Ilusión, que abría sus puertas en la calle de los Estébanes, nº 31, el 23 de febrero; el Cinematógrafo Novelty, inaugurado el 4 de marzo dentro de los jardines del Palacio de la Condesa de Fuentes; y el Cinematógrafo Coyne, abierto el 10 de marzo en el número 3 de la calle San Miguel.
Poco a poco los pabellones provisionales fueron menguando hasta finalmente desaparecer, posiblemente rechazados por un público que prefería la comodidad y la seguridad que ofrecían las distintas salas estables.
Durante los primeros años del siglo XX aparecerán nuevas salas, como los cines "Alhambra", "Ena Victoria", "Farrusini", o el "Salón Doré", reinaugurado años más tarde como "Dorado". Salas todas ellas, con mejor o peor fortuna, pero que en conjunto hacen que a finales de los años veinte, el cine sea el primer espectáculo de la ciudad, el que reúna más espectadores y el que más espacio ocupe en la prensa y la publicidad diarias, superando al teatro y dejando prácticamente sin espacio en Zaragoza a otras manifestaciones como la zarzuela o la ópera.